Marchar por la vida, en memoria de los muertos

06/May/2016

Semanario Hebreo, Ana Jerozolimski-Cracovia

Marchar por la vida, en memoria de los muertos

Cuando estas líneas sean publicadas,
estaremos caminando desde Auschwitz a Birkenau -o quizás ya hayamos llegado a
la zona de los crematorios de Birkenau, donde se lleva a cabo la tradicional
ceremonia recordatoria de Iom HaShoa, el Dia Recordatorio del Holocausto- en la
Marcha por la Vida.
El nombre no es casual: ese recorrido lo
hicieron los judíos víctimas de los nazis hacia su propia muerte. Hoy lo hacen
miles y miles de judíos de Israel y el mundo todo, vivos y orgullosos, con el
corazón repleto de recuerdos y dolor, sí, por sus antepasados asesinados, pero
con la cabeza erguida, envueltos en general con la bandera del Estado judío,
independiente y soberano. Caminan junto a ellos siempre, también no judíos que
quieren recordar, advertir, condenar.
Esta es la primera vez que pisamos Polonia,
cuna de rica vida judía durante cientos de años y al mismo tiempo, símbolo en
gran medida de la barbarie nazi, que erigió en su territorio la máquina de la
muerte. Tenemos claro que convivieron aquí dos expresiones totalmente opuestas
de lo que el ser humano es capaz: por un lado, el antisemitismo y odio, y por
otro, el humanismo de quienes arriesgaron sus vidas para salvar judíos. Unos y
otros deben ser recordados .Para estar alertas, los primeros. Para saber
agradecer y no perder esperanza en la condición humana, los segundos. Polonia
hoy, aunque también en su seno hay expresiones antisemitas, enaltece la memoria
de los salvadores.
Antes de la Marcha por la Vida participamos
en la Jagiellonian University de Cracovia en el Simposio Nuremberg, señalando
los 80 años desde las leyes raciales de Nuremberg y los 70 de los juicios
homónimos. «Odio y Justicia», es el subtítulo del evento, recordando
por un lado lo terrible de las leyes racistas aprobadas en la reunión del
partido nazi en Nuremberg, preludio del Holocausto, y por otro la importancia
de los juicios llevados a cabo después de la guerra.
El evento, organizado por la «Marcha
por la Vida», por la mencionada universidad y el Centro Raoul Wallenberg
de Derechos Humanos, convocó a una serie de destacados juristas y Jueces
Supremos para analizar las lecciones históricas de aquellos años oscuros, pero
también su dimensión actual.
«Esto no es sólo sobre el pasado. Es
una advertencia sobre el presente y el futuro», declaró el profesor Irwin
Cotler, ex Ministro de Justicia de Canadá, uno de los organizadores del
simposio, recalcando que la intolerancia no ha desaparecido. «Judíos
fueron asesinados en Auschwitz por antisemitismo», agregó. «Pero el
antisemitismo no murió en Auschwitz».
Cuando de lecciones se trata, es clave
conocer la dinámica que condujo a la Shoa, para poder reconocer señales
preocupantes de fenómenos de odio, también hoy. Por eso es importante
recordar-citando nuevamente a Cotler- que la Shoa y otros genocidios
posteriores, no empezaron en las máquinas de la muerte sino en la incitación. «Todo
comenzó con las palabras, no con las cámaras de gas».
Y la Shoa, cabe agregar, fue posible no
solamente por la maquinaria del Estado nazi utilizada para el asesinato, y no
solamente por la incitación y las palabras de odio, sino por la indiferencia y
la inacción de la comunidad internacional.
En una entrevista durante el simposio, el
Profesor Luis Moreno Ocampo, que fue el primer Fiscal en el Tribunal Penal
Internacional, nos dijo claramente: no basta con los criminales que imparten
órdenes, para que se cometa el crimen. Es la indiferencia alrededor la que los
hace posibles.
Robert Badinter, ex Ministro de Justicia de
Francia, compartió con los presentes su apreciación pesimista de la situación.
Recordó que el Holocausto fue posible en la sociedad más culta y educada de la
Europa de entonces, donde se cultivaba el amor al arte y la música. Era la
sociedad europea en la que los judíos se destacaban en profesiones libres y una
gran variedad de puestos y trabajos, mucho más allá de su proporción (1%) en la
población general. Eso no impidió que su país los trate como infrahumanos.
Las leyes raciales racistas de Nuremberg,
aprobadas en horas y ratificadas por el Parlamento alemán de Hitler el 15 de
setiembre de 1935, sucedieron a la república de Weimar, cuya constitución
democrática casi no tenía parangón. Las ideas que llevaron a Nuremberg, no
nacieron súbitamente de la nada. El 58% de los ciudadanos alemanes, que fueron
los que votaron en noviembre de 1932 en favor del partido nazi, no sabían que
pocos años después su país se convertiría en una máquina asesina, pero con su
voto, tiraron abajo a la democracia. Rectores universitarios, abogados y
jueces, se convirtieron en parte del sistema nazi. El alto nivel intelectual y
educativo, no fue, evidentemente, garantía de altura moral.
Un emotivo mensaje filmado fue enviado al
simposio por la Embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas Samantha
Power. Amerita su traducción íntegra, pero nos limitaremos a algunos de sus
párrafos, en los que contó sobre uno de los testigos en los juicios de
Nuremberg.
«El 27 de febrero de 1946, el día 69º
del Tribunal de Nuremberg, se llamó a Abraham Sutzkever a prestar testimonio.
Era un poeta de 33 años que había vivido en Vilna durante la ocupación nazi, el
primer judío y sobreviviente que prestó testimonio en Nuremberg.
El juez que presidía la sección, pidió a
Sutskever dos veces que se siente mientras habla al tribunal. Y dos veces,
Sutskever se negó, optando por mantenerse de pie durante todo su testimonio.
Más tarde, escribió: «Hablé de pie, como si estuviera recitando el Kadish
por aquellos que murieron». Y tenía muchos a quienes llorar».
Sutskever perdió en la Shoá, ante todo, a
su bebé recién nacido. Y entre otros, a su propia madre. En las cámaras de gas,
ante las fosas comunes y en el diario ensañamiento de los nazis, murieron los
bebés de otros padres, las madres de otros niños y otros hombres.
A ellos y a todos los seis millones los
recordaremos hoy en la «Marcha por la Vida» de Auschwitz a Birkenau.
Bendita sea su memoria.